jueves, 1 de diciembre de 2011

Volaron MANCUERNAS como CERNÍCALOS

Salgo de la inconsciencia ayudándome de las palmas de las manos para ponerme en pie. El césped está mojado y noto que de mi cara cuelgan restos de hierba húmeda y barro.
El estadio entero corea «Hijo de puta, hijo de puta». Desde el primer anfiteatro hasta el cuarto. Desde el fondo norte hasta el fondo sur. Mujeres, hombres y niños. Peluqueras, panaderos, estudiantes, camareros, jubilados, parados, minusválidos y prostitutas.
Hay una canción de Vainica Doble que se titula “Dos españoles, tres opiniones”. Aquí ocurre lo contrario: ochenta mil españoles, una opinión. Porque aquí todo el mundo parece estar de acuerdo en que hay un hijo de puta sobre el terreno de juego. El fútbol une lo que Dios ha separado.
El balón está en el punto de penalti. Eso explica mi dolor de cabeza. Alguien me la habrá golpeado y por eso el árbitro ha señalado penalti. También explica que el tío de la perilla de los que van de blanco me venga ahora con ese gesto tan italiano, tan de imitar a una alcachofa con las manos, tan de yuxtaponer las yemas de los dedos.
Este tío es un cerdo, siempre entra con los pies a la altura de la cabeza. Sé que lo he visto en otros partidos.
Seguro que ha sido él quien me ha dado con los tacos en la sien dentro del área. Se lo habrá ordenado el entrenador portugués ese.
Paso de escucharle.
Cuando recupere la memoria, ya ajustaremos cuentas.
Me dirijo a la media luna del área para chutar el penalti. Miro al cielo, y luego, de reojo, a la pantalla gigante del estadio. «Minuto 90», pone. «0-0», se lee. Resoplo. Quizás sea la última oportunidad que tenga de decidir un partido. Mi última oportunidad para alcanzar el estatus de crack mundial. De ser una leyenda del fútbol.
Un futbolista de pelo largo y vestido de blaugrana se me acerca para interesarse por mi estado. «Estoy perfectamente», le digo.
Y digo: «Tranquilo, que este penalti lo meto, te lo juro por mis hijos».
El estadio sigue cantando «Hijo de puta, hijo de puta» al unísono. Creo que es a mí. Que la gente le pida explicaciones al chiflado de la perilla que da coces voladoras en vez de cargar contra mi persona. Él es el pendenciero y yo la víctima, fijo. O que le eche la culpa al personaje de jeto simiesco que ahora se me acerca. Al igual que el de la perilla, va de blanco, y está tan enervado que escupe espumarajos por la boca. Yo le digo «Cállate, chimpancé», me llevo el dedo índice a los labios y hago «Shhh». El futbolista con cara de simio se queda de piedra. Mejor. Así ya puedo chutar el penalti.
Así ya puedo tomar carrerilla y abalanzarme sobre el balón.
Así ya puedo golpearlo con el empeine de mi diestra. Con lo que los argentinos llaman «Los tres dedos». Eso es lo que hago, sí.
Al dispararlo, el balón sale despedido a una potencia descomunal y limpia las telarañas de la escuadra. Ha sido un golazo. El portero no ha podido reaccionar, ha hecho la estatua. Parecía una imagen congelada de sí mismo. Cuando ha visto que el cuero se depositaba en la red, ha mirado al suelo y ha gesticulado un «no» con la cabeza.
Y yo, para celebrar el tanto, corro como nunca antes había corrido hacia el banderín de córner. El griterío del público es ensordecedor. Ahora, el cántico de «Hijo de puta, hijo de puta» me retumba en los oídos. Suena a una potencia devastadora. Definitivamente, es a mí. Empiezo a recordar que me ocurre en todos los campos de fútbol. La multitud siempre se acuerda de mi madre. Qué detalle.
Pero a pesar de sus salmodias, la euforia de haber marcado en el último minuto hace que me desaparezca el dolor de cabeza y que me vea capaz de todo.
Sólo así se entiende que esté desafiando a las masas. Ya en el banderín de córner, le dedico al estadio un corte de mangas. Luego alzo, en un gesto camorrista, mis dos dedos corazones. Y, finalmente, me agarro los testículos con ambas manos y grito: «Chupádmela de canto, desgraciados de mierda». Los cánticos contra mí se intensifican más y más. Desde la grada me lanzan monedas, teléfonos móviles, latas de cerveza y bocadillos. Incluso me percato de que el gentío arroja MANCUERNAS, que me sobrevuelan como CERNÍCALOS acechando la futura carroña. Yo respondo a eso alzando los brazos y apretando los puños bien fuerte, en señal de victoria. El partido es mío. Lo he ganado yo solo, a pesar de la olla a presión en la que se ha convertido el estadio.
Ochenta mil voces contra una. El fútbol une lo que Dios ha separado, pero tanto Dios como el fútbol están de mi parte. Porque soy el más grande.




PÉREZ ITURRALDE LE DA EL TRIUNFO AL BARÇA EN EL CLÁSICO ANOTANDO UN PENALTI QUE ÉL MISMO SEÑALA

Después de marcar el tanto, el colegiado se ha encarado con la afición madridista mediante repetidos cortes de mangas e insultos

Agencia EFE/Madrid 
Pérez Iturralde, el colegiado encargado de arbitrar anoche el Real Madrid-Barça en el Santiago Bernabéu, ha señalado un penalti dudoso en el minuto 88 de la contienda. Tras indicar la pena máxima, un proyectil lanzado desde la grada, presumiblemente un mechero, ha impactado contra la cabeza del árbitro, dejándolo en estado de inconsciencia unos segundos. Al recuperarse del golpe recibido en la sien, Pérez Iturralde se ha dirigido rápidamente al balón, desoyendo las protestas de varios futbolistas merengues. “Las manos fueron involuntarias”, sostiene un defensa del equipo local. El colegiado, que admite haber perdido “la memoria y el juicio” después de la agresión, ha anotado el penalti que él mismo señaló minutos atrás, ante la estupefacción de los futbolistas que había en el terreno de juego. “Me ha jurado por sus hijos que metería ese penalti”, ha afirmado el capitán culé a pie de campo. Acto seguido, Pérez Iturralde ha recorrido la línea de fondo increpando al público y dedicándole varios cortes de mangas. “Nos ha dicho que se la chupemos”, ha asegurado un asistente al estadio. El encuentro ha finalizado con el resultado de 0 a 1 a favor de los azulgranas, gracias al tanto de Pérez Iturralde en el último minuto. Sin embargo, el club merengue piensa “impugnar el partido”, según ha confirmado el presidente blanco en la rueda de prensa extraordinaria que ha ofrecido ante los medios. “Esto es una vergüenza, todo el mundo ha visto lo que ha sucedido”, ha declarado el portero del equipo local en la zona mixta. Por su parte, el técnico madridista ha rehuido de la polémica, aunque ha aludido a un “contubernio entre la UEFA y la RFEF para hundir al Real Madrid”. Pérez Iturralde, en cambio, ha negado la interpretación que ha hecho el entrenador madridista de su arbitraje, y ha prometido, entre risas, que nunca más repetirá “otra actuación así en el Santiago Bernabéu”.






Ivan Piechowski

martes, 29 de noviembre de 2011

AÚN RECUERDO…

Nunca me he considerado una persona altruista, pero lo que te voy a contar, me sorprendió incluso a mí mismo porque salvé la vida de un hombre.
Sucedió en el año 88. Lo recuerdo muy bien porque ese día perdí al amor de mi vida.
Aquella tarde tenía que encontrarme en el café “Le Soir” con Bernadette, mi prometida. Cuando llegué, la vi enseguida. Estaba sentada saboreando un capuchino. Me la quedé mirando a través del cristal de la ventana antes de entrar. Me gustaba observarla sin que ella se diera cuenta.  La noté distinta. Parecía estar nerviosa. Su mirada estaba perdida, como ausente, y no paraba de remover el café de forma compulsiva. Cuando me senté frente a ella dio un pequeño bote, sobresaltada.
Estuvimos charlando de cosas sin importancia hasta que Bernadette pronunció la trágica frase.
-Lo siento, André - me dijo en un tono de voz que casi parecía un susurro-. No puedo seguir así.
Ante mi expresión de incredulidad trató de explicarme que había conocido a otro. Poco más quedó por decir entre nosotros.
Salí del café aturdido. Incapaz de asimilar lo que acababa de pasar, empecé a vagar por las callejuelas. El sol ya se había ido y estaba anocheciendo. Oí el sonido de un trueno.
-“¡Mierda! Lo que me faltaba. Seguro que se pone a llover”.
No podía parar de andar. Fue entonces cuando vi un hombre asomado a la barandilla del puente tambaleándose. Gritaba sin cesar  pero a su lado no había nadie. Llevaba una americana de pana raída y un viejo sombrero que no llegaba a cubrir  su cabello pelirrojo.  Con una mano sujetaba lo que parecía ser una carpeta de dibujo  y con la otra blandía una botella de absenta medio vacía.
-Deténgase- le dije al descubrir que estaba a punto de saltar -. No haga tonterías.
-Déjeme tranquilo.
Me acerqué a él para intentar evitar que pudiera lanzarse.
-Tranquilícese. No creo que arrojarse al agua sea la solución a sus problemas.
-¿Y usted que sabrá?
-Estoy seguro de que lo que ahora piensa que es tan grave, tiene solución. Mañana lo verá desde otra perspectiva.
-¡Váyase por donde ha venido!-continuó el borracho elevando la voz-. No sabe nada sobre mí. Hace poco tiempo llegué a este pueblo del sur para alejarme de París. Vine en busca de tranquilidad, luz y belleza. Quería encontrar algo que me inspirara, pero ahora me siento muy solo.
Al ver su mirada completamente ida comprendí que era inútil razonar con él. Únicamente podía distraerle.
-No hago más que apartar de mi lado a la gente que me importa- continuó el hombre acercándose a mí y alejándose de la barandilla –. Esta tarde he discutido con un gran amigo. De hecho, mi único amigo. Siempre se ha creído mejor que yo. Cuando se ha plantado delante de mí y se ha burlado de mi obra, no he aguantado más. He cogido la navaja de afeitar y le he amenazado. No entiendo qué me ha pasado.
-No se preocupe- le animé-. Seguro que vuelve.
Estuve hablando con aquel desconocido durante toda la noche.
Me desperté con un intenso dolor de cabeza. Me había quedado dormido sentado en el portal de un sucio callejón. Todo me daba vueltas. Empecé a recordar. La conversación con Bernadette, el loco que se quería suicidar, mis palabras de consuelo, cómo  yo también había sucumbido a la absenta para olvidar mis propios problemas…Me reincorporé como pude y fue entonces cuando recordé que aquel desconocido me había metido algo en el bolsillo de la chaqueta. Se trataba del boceto de un paisaje salpicado de intensos colores. Las pinceladas parecían cobrar movimiento. Abajo, casi ilegible, su nombre, “Vincent”.
ANA VIÑALS



jueves, 9 de junio de 2011

Paciente impaciente

Todo comenzó el mismo momento en que pedí la cita. Creo que los dentistas estudian una asignatura en la universidad donde los enseñan a nunca cumplir con la hora. Debe ser parte del Juramento Hipocrático: “Me comprometo solemnemente a consagrar mi vida al servicio de la humanidad. Ah, pero que hagan la cola, que yo llego más tarde...” Así que la secretaria del doctor me dijo muy amablemente, “El martes por la tarde”, y al preguntarle a qué hora, me soltó, “Es por orden de llegada”. Desde ese momento supe que el martes por la tarde no haría nada más.

El día llegó, y a las dos de la tarde en punto estaba yo en el consultorio porque, según la secretaria, abrían a esa hora. Para mi sorpresa, ya había cinco pacientes esperando. Nunca en mi vida he llegado de primero. Creo que cuando le venden un consultorio a un doctor, viene con un par de pacientes incluidos. Debe de ser una oferta: “Si compra su consultorio hoy, ¡le regalamos tres pacientes!”
Me identifiqué ante la secretaria, que verificó mis datos y me señaló hacia la sala de espera. Intuí que me podía sentar. Aquellas sillas estaban hechas, como todas las sillas de consultorios médicos, según la normativa vigente, de tal forma que en cualquier posición uno se sienta incómodo, y puestas una muy cerca de la otra, de manera que yo y mi vecino nos molestemos mutuamente. Escogí un sitio libre, que por suerte estaba pegado a la pared, donde tendría el privilegio de ser molestado solo por un vecino, y me senté, con la ilusa esperanza de ser atendido pronto.
En lo alto de una esquina de aquella sala de espera colgaba un armatoste metálico que sostenía un pequeño televisor, enjaulado como un animal peligroso, y que fue la fuente de mi tortura por la siguiente media hora. Sin nada más que hacer, y al parecer, sin poder evitarlo, me quedé viendo la telenovela que estaban pasando. Después de ver cómo la protagonista estaba en la cárcel, porque su hermana malvada –que estaba enamorada del mismo hombre que ella–, la había acusado de asesinar a su padre –quien no era su verdadero padre, ni estaba realmente muerto, pero ella no lo sabía–, y luego de cabecear un rato, me dí cuenta de que el doctor entraba por la puerta del consultorio. ¡Acababa de llegar!
El tipo entró, y quince minutos después fue que llamaron al primer paciente. Al ver el tiempo que tardaba en salir, perdí la poca esperanza que me quedaba de salir temprano de ahí. Así pasaron otros tres pacientes, hasta que entró el que venía antes de mi. Me emocioné, por fin llegaba mi turno. Pero de pronto, de la nada, entró un hombre al consultorio, se dirigió a la secretaria, le dijo algo, y pasó a ser atendido. Al principio no entendí lo que pasaba. Me quedé observando la escena como si fuera parte de la telenovela que seguía encerrada en aquella jaula. Entonces un sentimiento de rabia comenzó a recorrerme el cuerpo mientras me levantaba y caminaba hacia la secretaria, para reclamarle que yo era el próximo, punto que ella rebatió –con su ya mencionada amabilidad–, diciendo que este señor había llegado antes y había reservado su turno. “¡¿Y por qué a mi nadie me dijo que eso se podía hacer?!”
Impotente, decidí que mi única opción era volver a mi sitio y seguir esperando, pero al darme la vuelta me dí cuenta de que mi antiguo sitio ya estaba ocupado. Las pocas ventajas que tenía, se reducían. Ahora mis opciones eran sentarme entre un gordo y una vieja con un perrito –¿quién demonios lleva un perro al dentista?–, o en medio de dos viejas que no paraban de parlotear. Decidí sentarme entre las viejas, más que nada porque el gordo ocupaba silla y media. Pero antes de llegar a mi nuevo asiento, pasé por una mesa con revistas, ya que no me apetecía ver un minuto más de aquella telenovela, y mucho menos chacharear con las viejas. Escogí una de un montón, que resultó ser tan vieja, que en la portada tenía a un Michael Jackson negro. Revisé las demás, pero esta era la más nueva. Revolví otro montón, en el que todas eran revistas de gente con la boca abierta –una de las peores poses que existe para tomarse una foto–, así que me quedé con la de Michael y volví a sentarme.
Al cabo de unos minutos, mientras estaba inmerso en la lectura de mi revista, escuché mi nombre. Al principio era como un eco lejano que sonaba en el fondo de mi cabeza. Miré a mi alrededor intentando encontrar una explicación, y finalmente mi mirada se cruzó con la de la secretaria. Vi como su boca se movía en cámara lenta, pronunciando mi nombre como si fuese un viejo disco a baja velocidad. Sí, era mi turno por fin. Solté la revista y me puse de pie triunfante. Pero justo entonces me di cuenta de que lo que me iba a pasar dentro del consultorio me iba a doler. Avancé lentamente viendo las caras de los demás pacientes, buscando comprensión y aliento, pero ellos me veían con cara de envidia. Ellos todavía estaban en la etapa de la que yo acababa de salir.
Entré, la secretaria me ordenó que me recostara –¿ya mencioné lo amable que era?–, me colgó un babero del cuello, y se fue. Me quedé solo por unos minutos, viendo la variedad de filosos utensilios que estaban sobre la mesita junto a mi, preguntándome para qué servían y cual de ellos metería el doctor en mi boca. Finalmente entró el doctor, nos saludamos brevemente y me quejé de que el empaste que me había puesto la última vez se me había caído. Con un “vamos a ver” eludió mi comentario y comenzó con su trabajo, metiendo en mi boca todo lo que encontraba: taladros, espejitos, mangueras, cepillos, creo que hasta un bolígrafo se le cayó ahí. A los pocos segundos yo estaba tieso como un trozo de madera, y me había deslizado medio metro hacia abajo en la silla. El doctor siempre me pedía que me sentara bien y que me relajara, pero era inevitable que a los pocos segundos me encontrara de nuevo en mi posición favorita: tronco deslizado.
Cuando mi boca estaba ocupada por un par de tubitos de algodón, una manguera que me succionaba las amígdalas, un taladro que emitía un olor a quemado, y un chorro de agua que no estoy seguro de donde provenía, todo enmarcado por unas agarraderas afincadas en la comisura de mis labios, para evitar que yo me tragara todo aquello, fue el momento que el doctor consideró idóneo para retomar la conversación sobre mi queja inicial.
–Me parece que el problema fue que no hiciste lo que te dije–, dijo.
–Uh-um–, contesté yo muy elocuentemente.
–Seguro que masticaste algo muy duro ese día.
–¡Uh-um!–, tenía tantas cosas que decirle, pero me decanté por esta simple respuesta para hacerme entender.
–¿Qué comiste esa noche al salir de aquí?
–Ajajá...
–¿Ves?, te dije que no masticaras cosas tan duras–, sentenció.
–¡Jo, jejo jo... Ajajá...!–, más claro no podía ser.
–Bueno, ten más cuidado la próxima vez.

Para cuando el doctor había terminado, yo ya no tenía energías –ni sensibilidad en mi labio inferior– suficientes como para discutir, por lo que daba por bueno que finalmente el trauma hubiese terminado y solo podía pensar en que por fin podía seguir adelante con mi vida, y en lo feliz que sería fuera de aquel consultorio. Hasta el momento en que la secretaría me dijo: “Tiene cita para la semana que viene”.

Manuel Menéndez Román

miércoles, 25 de mayo de 2011

El gato de Schrödinger

No soy  una persona de ciencias ni mucho menos, así que me permito tomar el sentido que mas me inspira  de los enunciados científicos.
Hace algunos meses un amigo me explicaba el principio del “Gato de Schrödinger”, que dice algo así como que la sola observación de un experimento cambia el resultado del mismo.
A priori me pareció una completa estupidez, porque aunque fuera cierto, sería imposible descubrir  sin observar, porque no hay experimento sin ejecutor.

Pero finalmente ayer lo entendí, de pronto me dí cuenta de que toda mi vida había estado signada por esta máxima, empezando por el hecho de que si mi padre no hubiera observado a mi madre, o si otro hombre hubiera sido el observador de esta inusual experiencia viviente que es ella, yo no estaría aquí. Eso vale para ustedes también. Piénsenlo.

Para complicar un poco mas las cosas, Schrödinger deja volar su imaginación y dice que lo que no sucede en esta dimensión, sucede en otra dimensión o universo paralelo. Para que se entienda: dado que papá sí conoció a mamá en este universo, esto quiere decir que ella está con otro hombre en una dimensión paralela, o que tal vez sea una solterona en otra. Pueden no creerlo, pero tanto Uds. como yo, no tienen manera de refutarlo.

Las consecuencias de esta posibilidad son infinitas. En términos prácticos, por ejemplo, llevamos décadas alarmados por  la superpoblación mundial, pero si lo de este gato es cierto, el tema es exponencialmente mas preocupante. ¿Y lo del ahorro de energía? Al diablo con las teorías de la sostenibilidad, cuanto mas ahorremos nosotros, mas dilapidarán los "otros".

Y mientras trataba de conectar esta teoría con mi vida, que en definitiva es lo que mas me importa, pensaba que puede haber dos o mas universos paralelos en donde están otras YO haciendo quién sabe qué, teniendo una mejor vida que la mía o quizá mucho peor.
Y esto echa luz sobre un sentimiento que ha asolado mi existencia: la sensación de que hay algo que me ha sido arrebatado o algo de lo que me estoy perdiendo irremediablemente.
En una perspectiva positiva, lo que me hace feliz en esta dimensión me vuelve infeliz en otra. ¡Casi siento un poco de culpa por esto!
Ahí es donde pensé: ya tengo suficiente, no quiero averiguarlo.

Sé que suena inquietante, y ni qué decir para quienes somos un poco paranoicos: en otra dimensión mi pareja me podría estar traicionando con otra y mis sobrinos le dicen tía a quién sabe qué yo. Lo cierto es que por el momento no se han encontrado las puertas para conectar estas  existencia, así que nadie vendrá a ajustar cuentas con nosotros, y a su vez nos mantendremos ignorantes de nuestras fatalidades allende las dimensiones. Porque en definitiva lo que nos dice el gato, en realidad Schrödinger, es que esta es la vida que nos toca vivir.

Hoy escribo este relato jugando con el tiempo, y parte de este tiempo se ha filtrado hacia otras dimensiones en cada impensada decisión que he tomado. Incluso el final no estoy segura de que sea el mismo que escribí, ahora, en este justo y preciso instante en que ustedes lo están leyendo.

Adriana Gamba
Barcelona, 5 de mayo de 2011

martes, 24 de mayo de 2011

La ejecución de un rey

Paris, 21 de enero de 1793: el rey de Francia iba a ser decapitado. La Plaza estaba a rebosar de gente hablando, riendo, cantando, llamándose a gritos unos a otros; una cacofonía de miles de sonidos diferentes generados por una multitud ávida y curiosa; una muchedumbre con la excitación vociferante que precede a los acontecimientos inusuales. El morbo llevado al extremo. No cabía un alfiler y había personas encaramadas en cornisas, monumentos y carretas, para poder ver bien el cadalso, donde estaba instalada la guillotina. Este invento del Dr. Guillotin, inicialmente concebido para dar muerte indolora y digna a los condenados, se había convertido en el símbolo externo de aquella Revolución que desde hacía cuatro años asolaba Francia.
En un principio, los juristas habían iniciado la redacción de una Constitución que supliera la monarquía absoluta de Luís XVI. Sin embargo pronto habían perdido el control de la situación que cayó en manos de los extremistas. Y, lo que en un principio debía haber sido un arroyo bien canalizado de reformas que instituyeran el estado de derecho en el país, había crecido imprevisiblemente, convirtiéndose en un río que se desbordaba, rompiendo diques, inundando toda Francia y sumiéndola en el Reinado del Terror.
 Maximilien Robespierre, el nuevo amo, había promovido juicio contra el rey. Desde la abolición de la monarquía y títulos nobiliarios, (21 septiembre  1792), Luís XVI de Borbón, había pasado a ser simplemente el “ciudadano Capeto”, que era el apellido ancestral de su familia desde el siglo XIII. Como era predecible, el reo había sido condenado a muerte, y aquel 21 de enero se  iba a llevar a cabo la sentencia. Nadie se la quería perder, y desde la noche precedente, miles de “ciudadanos” habían atestado la Plaza a fin de tener un buen punto de observación y ser testigos, de primera mano, de la decapitación del monarca.

El rey llegó en una carroza fuertemente custodiada, acompañado de un clérigo. Para descender tuvieron que ayudarle, pues llevaba las manos atadas a la espalda. Había envejecido en pocos meses, y tenía muy poco en común con el soberano omnipotente que brillaba en su corte de Versalles. A Luís XVI jamás le habían interesado los asuntos políticos, que había dejado en manos de ministros ineptos e impopulares. En aquella gélida mañana de enero, aquel hombre grueso y de torpes andares, se dirigió hacia las escaleras del cadalso. Temblaba: de frío, o de miedo, o tal vez del esfuerzo por controlar su nerviosismo. Quería, ante todo y sobre todo, mostrar dignidad en la hora de la muerte, para redimir de aquella manera su mala praxis como soberano. Sabía que estaba entrando en la Historia. La cercanía de la Hora Final ilumina de forma asombrosa las conciencias, y le había hecho ver y aceptar sus fallos. En aquellos momentos, su arrepentimiento era tan sincero que incluso le causaba dolor en le pecho.
A medida que aquel rey derrotado se acercaba a la guillotina, se hizo un silencio expectante entre la multitud. Incluso se pudo oír la voz de los ejecutores indicando al reo como debía colocarse para que la hoja cayera exactamente en su cuello. Redoble de tambores. Zas, cayó la cuchilla. El verdugo se agachó, recogió la cabeza de la cesta y la levantó para mostrarla al público.
En aquel momento, el silencio se rompió con una enorme ovación. El alarido de miles de gargantas rugió bajo el cielo plomizo, rebotó en las tejas de pizarra gris de las mansardas, rondó las orillas del Sena extendiéndose por los barrios hacia los cuatro puntos cardinales. Las iglesias echaron las campanas al vuelo. Primero las más cercanas a la Plaza, después las más apartadas, de modo que pronto la noticia se conoció en toda la ciudad. En calles y plazas, los sans-culottes se palmeaban la espalda felicitándose, las “ciudadanas” salían de sus casas secándose las manos en el delantal, las tabernas repartían vino gratis. “Liberté, Egalité, Fraternité” gritaban a voz en cuello.

La onda expansiva de aquel alarido brutal y el repique de las campanas se transmitieron igualmente sobre los sicómoros y tilos del parque, y penetraron por ventana, abierta a pesar del frío, del Palacio de las Tullerías. Al escucharlo María Antonieta, esposa del rey ejecutado, pensó con un escalofrío: “!Ya!”. Había estado rezando el rosario, apretando tanto las cuentas que se le clavaban en los dedos. ¡Que vueltas da la vida! No en vano a la diosa Fortuna la representan con una rueda en la mano y los ojos vendados. Aquella mujer de tan solo 38 años, nacida archiduquesa de Habsburgo y casada con el rey de Francia, había pasado en pocos meses de ser reina ungida y coronada del país más poderoso de Europa, a simple “ciudadana”. Y, a partir aquel aciago momento, sería escuetamente “la viuda Capeto”, prisionera. Con su frivolidad y dispendios había llevado al país a la bancarrota, y orillado a su pueblo al levantamiento armado. Era perfectamente consciente de que el odio del pueblo de dirigía directamente hacia ella, y por ello tenía la certeza que, en un día no muy lejano, sería su cabeza cortada la que el verdugo mostraría, sangrante, al pueblo enloquecido.

No se equivocaba. El 16 de octubre del mismo año, nueve meses después que su marido y en la misma Plaza, María Antonieta fue guillotinada.

Tuti Geis 



Bibliografía

A.A.V.V. “World of History” Grisewood & Dempsey Ltd,  New York, 1997
MAUROIS, André.  “Historia de Francia” Editorial Surco, Barcelona, 1973
ZWEIG, Stefan. “María Antonieta”  Editorial Juventud, Barcelona 2007

viernes, 20 de mayo de 2011

La señora Aurelia

 A mí esta historia no me hace gracia.

La señora Aurelia carga con las bolsas de la compra hasta la puerta del ascensor. Las deja en el suelo, bajo la parpadeante luz del fluorescente que cuelga del techo, se frota las manos sobre la chaqueta de lana para secarse el sudor y pulsa el interruptor. Nada. «Siempre me ocurre igual.» Pulsa otra vez el interruptor y el ascensor no baja. «Es siempre la misma historia.» Marcha atrás. Se aleja un paso de aquella puerta metálica y suspira. Recupera el medio metro perdido. Vuelve a la carga y esta vez lo pulsa con ligereza en repetidas ocasiones hasta que le empiezan a doler las articulaciones de los dedos. Nada sigue siendo nada. «A esperar aquí hasta que alguien me ayude.»

En la planta baja de aquel bloque de pisos hace frío. El termómetro del portal marca 12ºC. Uno se tiene que frotar las manos para mantener el calor. Además, siente molestias en las rodillas por haber cargado con aquellas bolsas. «Es el reuma.» Esto y lo que lleva en ellas. «Un quilo de mandarinas y un par de botellas de vino duelen.» Pero lo peor de esta espera es la posibilidad de toparse con la vecina del segundo. «¡Bruja! ¡Bruja!» En raras ocasiones sus encuentros no acaban en trifulcas. «No es mi culpa si es imbécil.»

Al término de las consideraciones sobre su vecina, la señora Aurelia ve con el rabillo del ojo el reloj de pared que hay encima del ascensor. «Es la una.» La una, hora de tomar las pastillas para el corazón. «Hora de tomar un Cardyl.» La entrañable anciana hurga en su bolso en busca de la cajetilla con comprimidos blancos. La encuentra en un abrir y cerrar de ojos. «Están aquí, están aquí.» Coge un comprimido con la izquierda y, con la otra mano, saca la botella de vino medio vacía que hay en una de las bolsas. «Bebí un poco para no cargar con tanto peso.» Le quita el tapón. «Es que sin líquidos no puedo ingerir pastillas.» Deposita el comprimido sobre su lengua.

Lingotazo.
Traga.
Ya te dije que esto no me hace gracia.

La luz del fluorescente se ha apagado. A la señora Aurelia le da igual, pues el Sol, a pesar del frío otoñal mesetario, ilumina la entrada del edificio como si fuera la tarima donde se representa una obra de teatro. Sólo que, en lugar de uno o varios intérpretes, el centro de atención es la señora Aurelia. «Soy la protagonista de esta historia, ¿no?» El mármol del suelo está radiante. Parece que emita luz propia. Lástima que cada día lo pise la vecina del segundo. «¡Bruja! ¡Bruja!» Bien, no quiero ser impaciente, pero ya va siendo hora de dar un paso más hacia el desenlace. «Es hora de tomar un Benazepril para la tensión.» La viejecita vuelve a hurgar en el bolso, esta vez en busca de la cajetilla con pastillas azules. Tampoco tarda en encontrarla. Se hace con un comprimido y lo aloja en su boca. «Si cierras los ojos parecen Lacasitos.» Tómese un trago. «Por supuesto.»

Lingotazo segunda parte.
La vida sobria es una mierda.

La otrora entrañable señora Aurelia comienza a dar síntomas de embriaguez. Sus piernas le pesan y siente que el pecho se le ha hundido. «Es el reuma.» Saca el monedero del bolso fijando su mirada en él mientras va tambaleándose, ora apoyándose con el pie izquierdo, ora con el derecho, aplastándolos con su cuerpo, que ahora es un tonel. Encuentra una foto. «Es mi hijo.» Aguanta la fotografía con dedos temblorosos y clava su vista en ella. «No me llama nunca a pesar de haberle dado mi riñón cuando tuvo aquel accidente de tráfico.»

Se oye un portazo en algún lugar del edificio. La octogenaria ni se da cuenta.

Pero la acción, por otros motivos, avanza: la abuela, con indicios de inquietud, rebusca en el bolsillo izquierdo de la chaqueta de lana hasta dar con el teléfono móvil. «Voy a llamar a mi hijo.» ¿Por qué, señora Aurelia? «Le exigiré que me devuelva mi riñón.» Eso no es algo que se pueda hacer fácilmente, ¿lo sabe? «¡Hijo de puta! ¡Hijo de puta! ¡Mi hijo es un hijo de puta!»

Se encienden las luces. La casi nonagenaria lo nota, pero no le da importancia.

El teléfono se le escurre de entre los dedos debido a la conjunción de nerviosismo y artritis y cae sobre el brillante mármol, provocando un crujido en el interior del móvil. «Algo se ha roto.» Al agacharse a recogerlo, observa que justo a su derecha, detrás de un cactus que decora la sala, están las escaleras. «Ah, que estaban aquí.» Están, están. «Da igual, ahora voy demasiado borracha para subir por ellas.» La luz fluorescente enfría la entrada del edificio, pareciendo así una sala de interrogatorios. «Esto es como una cárcel.» Dígame, señora Aurelia, ¿cuál es la diferencia entre una cárcel y un bloque de pisos? «Que los mendigos no se mean en el portal de la cárcel.» ¿Alguna más? «Sí, que las celdas tienen más metros cuadrados que las habitaciones de un piso.» Muy bien, señora Aurelia: se merece un trago. «Lo que usted diga, señor narrador.» Oh, tutéeme, por favor, que aún soy joven. «Como comprenderá, a estas alturas no puedo cambiar mis hábitos nacionalcatólicos.»

Lingotazo. «A su salud, señor narrador.»
Entre Ibuprofeno, Valium y Voltarén, ¿qué elige usted? «Ante la duda, todo.»
Otro lingotazo.
La vida ebria es una noria.
Ríete lo que quieras, pero esta mujer podría ser tu abuela.

Ahora que la anciana va totalmente embriagada de vino y colocada de fármacos y oye pasos que golpean con fuerza las escaleras y la luz del Sol se retira y ella se carcajea histérica, me gustaría que contara a los lectores cómo murió su marido. «No quiero.»

¿Le suenan esos pasos, señora Aurelia? «¡Bruja! ¡Bruja!»

Un apunte: debo reconocer, señora Aurelia, que a pesar de haber visto pocas veces a la vecina del segundo, me siento abrumado por sus caderas. «Caderas de zorra.»

Insisto: cuéntenos aquella vez que su marido fue atropellado por un tranvía, va. «Fue el Trambaix.» Díganos cómo ocurrió. «Era daltónico y un poco sordo y cruzó los raíles con el semáforo en rojo.»

Ahora, las pulsaciones de la señora Aurelia se aceleran y se lleva las manos al corazón, y lo escucha, e hiperventila, y el frío de aquel portal se atenúa por el alcohol, y su risa se congela, y la vecina del segundo se planta en sus narices, con la frente arrugada y el rictus feroz, y su cara enrojecida anuncia una agresión, verbal o física, pero agresión. «Puta.» Será una puta, pero con esta expresión facial se parece al diablo.

La vecina del segundo al habla:

-Qué –grita enfurecida-, ¿otra vez emborrachándose aquí abajo con la excusa de que el ascensor no funciona? -hace una pausa para tomar aire y sigue-: ¿Cuántas veces tendré que repetirle que este es el botón del ascensor y esto otro -señalando lo que la señora Aurelia ha estado pulsando sin éxito- es el interruptor de la luz?

Un día en Disneylandia

Jueves, 11:31 de la mañana. Me despierto por culpa del molesto ruido que hace una lata en la calle. Alguien la habrá chutado, probablemente un turista pasado de rosca y con un ligero retraso mental. He vuelto a sobarme en el sofá. La cabeza, ¿dónde está mi cabeza? Anoche vomité sobre la butaca forrada de felpa verde que hay en el salón. No es que me acuerde, es que el vómito todavía sigue ahí. Intuyo, por su contenido, que ayer cené Faisan à la crème. Raras veces poto algo cuyo nombre no suene pomposo y sofisticado: Vol au vent aux champignons, Soufflé au fromage de chèvre et à la ciboulette o Cassoulet au confit de canard. Tampoco soporto la bechamel.


El caso es que ya lo limpiaré luego. De paso, me preguntaré qué hace esa butaca en mi piso y a quién se la he robado. Ahora prefiero tomarme un Valium.


Buenos días, me marcho a dormir.


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Jueves, 12:02 del mediodía. Sigue siendo jueves media hora después. Me despierto, entonces, por segunda vez en lo que va de día. La pota continúa ocupando gran parte de la butaca. Es mi invitada de lujo. Como estoy mareado y no puedo seguir durmiendo, me levanto a por una aspirina. Compruebo con asombro que el suelo está fregado cuando mi andar se convierte en mi resbalar y mi resbalar se torna en mi golpear la cabeza contra la pared del salón. Me quedo inconsciente.



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12:58. Los jueves son como los lunes pero con otro nombre. Alguien está golpeando la puerta con una fuerza inusitada. Sí, eso es lo que me ha despertado. Al principio, han sido golpes potentes y discontinuos. Luego, el tiempo entre golpe y golpe se ha ido estrechando. Ahora, sea quien sea el que está ahí fuera, parece ansioso por que le reciba: cualquiera diría que está ametrallando la puerta. Mi vida, dentro de la mediocridad que se le supone a la vida media de un ciudadano poco modélico, contiene tantos altibajos que parece la puta Disneylandia.


Abro la puerta. Se trata de un ratón de metro y medio, negro y ataviado con shorts rojos y guantes blancos.


-¡Hola, soy Mickey Mouse –me dice el ratón casi gritando- y he venido a matarte!


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14:04. Nos quedamos observándonos detenidamente durante una hora larga hasta que Mickey se saca un bate de béisbol de los shorts. Me dice:


-He venido a expiar tus pecados.


De cerca, se le divisan vastos surcos en la cara gracias a la carencia de vello facial. En las películas sale muy favorecido. Este no es el Mickey Mouse que yo recuerdo de niño. Cuando abre la boca, los poquísimos y mermados dientes y las sangrantes encías que descubro en ella me producen nauseas. Vomitaría toda Francia si hiciese falta. Te lo juro por tu madre. Me espeta:


-¿Sabes por qué siempre llevo puestos estos guantes blancos? Para no dejar huellas en el escenario del crimen.


Siempre mostrando la peor de sus sonrisas.

Siempre amenazándome con la mirada.


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17:22. Después de batearme repetidas veces la mandíbula y las costillas mientras canturrea The Star-Spangled Banner con una letra improvisada («Te voy a matar, te voy a matar», entona), Mickey Mouse me ata a la butaca sobre la que vomité ayer.

-¿Pod qué me haces esto? Pod favod, pod favod, –le imploro a Mickey llorando y escupiendo parte de mi dentadura-, pada ya.

Y Mickey, sonriente, responde de esta forma a mis ruegos:

-Te estoy linchando porque hoy es jueves.

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-En realidad –dice Mickey-, no. No es porque sea jueves: es porque has insultado mi país. Has dicho que Disneylandia es una puta. Eso no lo toleramos ni yo, ni el Pato Donald. Tampoco Goofy, el presidente de Disneylandia, cuya oratoria es pésima, pero que toma buenas decisiones a pesar de ser subnormal. Ah, seguramente te estarás preguntando por qué te estoy dando una paliza si no has dicho nada. Mira, te responderé a esa pregunta: porque lo ibas a pensar. Sí, pensar. ¿Te suenan el Precrimen y el Crimental? Pues nosotros somos ambas cosas. Somos el Precrimental. Antes de que lo pienses, ya llamamos a tu puerta. Y, por supuesto, te damos tu merecido. Pero, ¿sabes qué? Hoy me siento generoso: te perdonaré la vida a cambio de que me dejes sodomizarte.

A todo esto, son las 21:56.

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22:55. Llevo ya media hora en el hospital, lo suficiente para que me hayan atendido. He tenido que simular un desmayo y escupir sangre en urgencias. El doctor, un ciudadano ilustre que vive en el barrio rico del pueblo, me ha diagnosticado una fractura en las costillas y un desgarro anal.

-¿Cómo se lo ha hecho?
-Cayéndome pod las escaledas.
-¿El desgarro anal también?




Avergonzado, asiento con la cabeza. La verdad es tan humillante que ni siquiera soy capaz de hacer un amago de contarle algo de lo ocurrido. ¿Qué le digo, que Mickey Mouse me ha dado por el culo? Jamás. Prefiero guardarme la historia para contársela a gente que no viva en una torre de marfil. Gente de bien que se sienta maltratada por ratones psicópatas de metro y medio de estatura. Gente normal que tome somníferos para dormir de día.

Gente que se meta en líos porque no tiene nada mejor que hacer con su vida.

-Por cierto –dice el doctor antes de salir de la habitación-, la felpa verde que le cuelga de los pantalones es como la de mi butaca.

Efectivamente, se podría decir que el vómito ha ejercido, en esta ocasión, de potente pegamento.

El caso de la misteriosa butaca del salón puede archivarse. Ahora sólo tengo que aguantar una noche en observación y me podré ir contento a casa. Feliz.

No, no se lo pienso contar a nadie.

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Unos fuertes golpes en la puerta me apartan de mi ensimismamiento. Poco a poco, la violencia de esos golpes va aumentando. Cada vez son más persistentes. Sea quien sea, va a tirar la puerta abajo de un momento a otro. No puedo evitar que mi mente evoque a Mickey, Donald y Goofy.

Pero yo no voy a insultar nunca más a la puta mierda de Disneylandia. Te lo juro por tu madre.








Ivan Piechowski