viernes, 18 de marzo de 2011

huesos vacíos

pasó un abril cansado
y mayo, que se despista entre los rayos de sol
cuajados en uno solo al tocar tierra
por el costado oriental
de tus cuerdas vocales

aunque a veces te ofrezca mis huesos vacíos
y mi falta de ánimo
no voy disfrazado de falsa alarma
ni hago alarde de ser segundo premio
en un concurso caducado

digo a veces
porque no es siempre ni nunca
pero sucede que me pasan las cosas
y siempre me quedo fuera del incendio

pasó el frío de otros inviernos
curvos en un punto incierto
de máximos y mínima expresión de mí mismo
allí donde hablan mis párpados
para que me olvide de ti

no soy animal
aunque malherido de últimas palabras
ni de últimos versos, por desgracia
y me pierdo en esa sensación ingrata
de haber tenido solo a ratos

puedo cantarme como un soneto de versos inadecuados
transparentemente escasos
donde lo inoportuno crece
aunque el mundo se tiña de gris metal y morado

y luzco aquí y allá las miserias
y los malos modales
de un premiado por error
al que las nubes se le hacen cristales
cuando se dilata el tiempo
en un instante concreto

aprenderé, con el tiempo
a obviar tu nombre en los desayunos
o en el aire del abanico
a fracasar boca abajo
donde el recorrido es más pequeño

no puedo, sin embargo
por el momento
dejar de ser, a veces
un rostro que se mira al espejo
imaginando un futuro
sin esos pedacitos de ti
fluctuando en mis venas



Jordi Yévenes

Macho Alfa

- ¿Y qué? ¿y qué? ¿qué pasó? ¿te liaste con ella? – preguntó Javier frotándose las manos de manera nerviosa.

- La duda ofende García – Manu levantó la cabeza sonriente – pues claro que me lié con ella, cuando una tía te invita a su casa no es para ponerte un capítulo de Friends.

- “Uala” que cabrón – sentenció Javier apoyándose en el respaldo de la silla – pues estaba buenísima, si hubiera tenido que apostar… vamos, que ni de coña.

- Pues hubieras perdido la apuesta – levantó las cejas, orgulloso – García García… tienes tanto que aprender todavía del maestro – cogió la cerveza y le dio un trago largo – algún día tendré que acogerte bajo mi ala protectora y darte unas clases magistrales.

- ¿Pero cómo te lo montas? ¿qué les dices? mira que yo le meto morro y palique pero no hay manera… - negó con la cabeza e hizo un gesto de incomprensión.

- No es cuestión solo de saber embaucar Javi, hay que tener cierto estilo, tienes que desprender una sensación… – le miró fijamente, esperando la pregunta.

- ¿Qué sensación? ¿de qué cojones hablas? – a Javier empezaba a cansarle el tono chulesco de la conversación.

- Tienes que acercarte a ellas y tienen que ver que eres el que manda… - Manu hizo una pausa de unos segundos para darle emoción a sus palabras – tienen que sentir que eres el macho alfa.

- Jajajaja, ¿macho alfa? sí, y beta, y gamma, y la madre del cordero, a ver si ahora voy a tener que dejar asomar el pelo en el pecho con la camisa abierta y ponerme cada mañana Barón Dandy – hacía aspavientos con los brazos – ¿pero qué mierda hay que hacer ahora para ligar?

- Si, si, tú ríete de mis teorías pero soy la prueba fehaciente de que funcionan – le guiñó un ojo – yo no soy un charlatán – mientras hablaba rebuscó el móvil en el bolsillo de la chaqueta – a las pruebas me remito – y le mostró un número en la agenda. “Ana”.

- Ya me podrías pasar algunos números de tu agenda cabronazo, a ver si cuela y alguna me confunde contigo.

- Jajajajaa, García, viejo amigo, si no tienes… no tienes, a ver si el próximo día en la discoteca te enseño algunos trucos – se guardó el móvil en el bolsillo.

Mientras hablaban una chica se acercó por detrás y tocó en el hombro a Manu. Se giró y le cambió el rostro.

- Hombreeee… Ana… esto… ¿qué tal? – tragó saliva mientras Javi observaba atentamente.

- Hola! – Ana sonreía – pues mira, iba hacia la facultad y te he visto, te quería agradecer que ayer me acercaras a casa, mi novio ya estaba durmiendo cuando llegué y me sabía mal despertarle.

- Ah… ningún problema mujer, yo soy un caballero – Manu tenía la sonrisa torcida, intuía que Javi se estaba partiendo de la risa.

- Pues nada, a ver si nos vemos otro día y hacemos un cafelillo, me voy que llego tarde a clase – comenzó a caminar con la carpeta en la mano – hasta otra chicos!

Manu esperó unos segundos antes de girarse de nuevo. Cuando lo hizo Javi lo miraba con una expresión cómica, sabía que estaba a punto de soltarle algo.

- Ni una palabra García! – echó un trago largo de cerveza.

- ¿Yo? Si no he abierto la boca… - rió – macho alfa! – Manu casi se atraganta.



Jordi Yévenes

viernes, 11 de marzo de 2011

El efecto Doppler-Fizeau

Don Juan García García –para servirle a usted, a Dios y a la patria - conduce, como hace todos los días, camino del trabajo. Bueno, exactamente como todos los días, no. Aún no son ni las nueve de la mañana y ya sabe que hubiera sido mejor que hoy no se hubiera levantado. Y es que lleva una mañana de esas para echarse a llorar, con el agravante de que sabe que la cosa no va a mejorar... maldita ley de Murphy.

Todo empieza gracias a la compañía eléctrica, que ha tenido la sensibilidad de generar un apagón de madrugada, con lo que la hora del despertador (eléctrico, por supuesto) se fue a tomar por donde la espalda pierde su ilustre nombre. Conclusión: se ha despertado casi una hora tarde. Y continuando con la gentileza de la compañía, el apagón ha durado lo suficiente como para que el agua acumulada en el calentador (también eléctrico, ¿cómo no?) tuviera la temperatura ideal para un Gin Tonic. Vamos, que estaba fría de cojones. En estas circunstancias, el trámite del aseo personal se reduce al mínimo indispensable, limpiarse la cara para quitarse las legañas y pasarse un poco de agua por los sobacos. Todo regado con una sobredosis de desodorante para mimetizar el olor a tigre residual. Y es que hoy va a afeitarse y ducharse con agua fría “Rita la cantaora”.

Desayuno rápido, frugal y frío, no porque no se pudiera preparar un café en condiciones, gracias a Dios la luz ha vuelto, pero es que hoy no tiene tiempo para esos lujos asiáticos. Aguantando una madalena con la boca, coge el móvil: “maldición, vuelve a estar sin batería”, las llaves de casa y del coche. Y tal como sale por la puerta, le espera la tercera sorpresa desagradable del día (o la cuarta si se considera una desgracia desayunar sin café caliente). El cartero se planta justo en su cara para entregarle una carta certificada con un requerimiento de pago por incumplimiento de la normativa de seguridad viaria, vamos, lo que mundialmente se conoce como una jodía multa de tráfico.

La abre. Lee. No encuentra su delito. Sólo hay verborrea legal del tipo bla, bla, bla. Al final lo localiza. Exceso de velocidad en el punto kilométrico 314+159 de la Comarcal 3 entre Palencia y Oregón (la famosa C3PO) el día 13 de febrero (martes). Hora 8:52 a.m. Velocidad máxima permitida: 80 km/h. Velocidad detectada: 103 km/h. Se adjunta fotografía de la infracción. Mira la foto. “Por Dios, ¡qué resolución más mala!, podrían poner una cámara de 50.000 megapíxeles, que hoy en día están tiradas de precio”. Se fija en la matrícula del coche fotografiado. En el hueco de la escalera sólo se oye un “cagontó” como única confirmación de la culpabilidad de don Juan García García.

Sube al coche, arranca y se dirige hacia el trabajo. Empieza a darle vueltas a la cabeza para averiguar qué es lo que pasó, con un cabreo encima que en términos musicales se clasificaría de “in crescendo”…

- 13 de febrero, 13 de febrero… - se dice a sí mismo, auto interrogándose - Ah sí, la noche anterior conocí a esa tía, ¿Cómo se llamaba? Ui, ¿ya no me acuerdo? Lástima – dice con voz de pena - Repetiría sin duda. Buff, menudo despertar. Aquel día sí valió la pena llegar tarde y aguantar la bronca del jefe... Pero me extraña la multa – la pena ya no está. Se fue. Demos la bienvenida a la indignación - No se me suele ir el pie del acelerador – se miente descabelladamente - Tiene que haber un error en la foto. Seguro que la han trucado con fotochopped. Ya no saben que inventar para recaudar – el cabreo está a punto de llegar a su zénit.

Pero lo cierto es que no hubo ningún tratamiento de la imagen con fotochopped, ni tan siquiera con el Windows Paint.

La verdad es que a las 8:52 del martes, 13 de febrero justo en el momento en el que pasaba por el pk 314+159 de la C3PO, en el torrente sanguíneo de don Juan García García quedan unas moléculas de endorfinas (residuo del fantástico despertar de ese día) que vienen de la pituitaria. Aquellas moléculas se han movido por la circulación arterial, hasta llegar al cerebro, momento en el que se sitúan entre dos neuronas, generando una pérdida de concentración sensorial, una sensación de “gustirrinín” muy agradable, y una pequeña corriente eléctrica no deseada que se escapa del cerebro, pasa por la médula espinal, se mete en los nervios de la pierna derecha, ordenando a los músculos de la misma que se estiren un poco. Como la pierna no es nadie para contradecir al cerebro (el jefe es el jefe), el pie presiona un poquito más el acelerador, que se mueve menos de dos centímetros, pero es lo suficiente como para activar un par de palancas y muelles que están conectados a una válvula de mariposa que controla la entrada de gasolina en el motor, abriendo dicha válvula en unos 1,7 milímetros (más o menos, no seamos tan puristas) y aumentando el caudal de entrada de gasolina Súper 98 EcoGuayQueLoFlipas (que según el gasolinero es lo más mejor, aunque no se nota nada la diferencia con la Súper 95 BioCampingGas). En eso que un milisegundo después, la válvula de mariposa de entrada se cierra, dejando prisioneros dentro del pistón del motor, a los cm3 de Súper 98 EcoGuayQueLoFlipas que acababan de entrar. Y para más inri, a un graciosillo (por llamarlo de alguna, porque el apelativo correcto sería “hijo de su madre”) no se le ocurre nada mejor que encender un chispita, haciendo que el motor complete un ciclo de admisión, compresión, explosión (¡ah!... ahora entiendo lo de la chispita) y expulsión mientras se genera una aceleración del coche hasta los 103 km/h, gases, presión, calor y una onda esférica de sonido que se propaga por el espacio en todas direcciones. Este ruido (ojo, no confundir con el reggaetón, que es otro tipo de ruido, pero mucho más destructivo) moviéndose por el aire alcanza un sensor situado astutamente al lado de la carretera, el cual detecta este sonido. Como este es un aparatejo muy listo, calcula la frecuencia y se la guarda en una memoria, porque un milisegundo después, le llega otra onda de ruido procedente también del coche de don Juan García García, el sensor calcula esta nueva frecuencia y la compara con la primera, obteniendo la velocidad a la que va el coche gracias al famosísimo efecto Doppler-Fizeau (también conocido por el “efecto niiiiauuuuuuuuuu...” y que permite saber la velocidad de un objeto conociendo la rapidez con que pasa del niiii al auuuuuuuuuu...). Y ese sensor, que es tan listo porque fue a un colegio de pago, detecta que el coche de don Juan García García va a 103 km/h, con lo que quien se ha pasado de listo es el conductor. Inmediatamente, el sensor genera un impulso eléctrico que se desplaza por unos cables de cobre (que extrañamente aún no han sido robados por esos especialistas del reciclaje ajeno) hasta una cámara fotográfica, la cual reacciona emitiendo luz (no sé para qué el flash, si las condiciones lumínicas son ideales… son las 8:52 a.m. el tiempo está despejado con alguna nube alta pero fotogénica, una suave brisa de 1 m/s de dirección SSE y una temperatura perfecta para no ir a trabajar). La cámara abre el diafragma y aplica una velocidad de obturación lo más alta posible para que la foto no salga movida (las fotos movidas siempre quedan muy mal). Y en este tiempo en el que el diafragma ha estado abierto, el sensor de la cámara ha detectado un primer plano del maletero (y lo que es peor, la matrícula) del coche de don Juan García García, inmortalizando tan memorable momento. Mediante un sistema que en la edad media hubiera supuesto una muerte horrible en la hoguera por hechicería, esta cámara transforma la imagen del maletero (y la matrícula) en ceros y unos que codifica y paquetiza (que palabra más fea) en un archivo, el cual, por arte de birlibirloque (o brujería negra, según se mire, y también penado con la hoguera) gracias a un MODEM GPRS de última generación (para las multas, siempre lo mejor), es enviado vía telefonía móvil con una señal de radio de 3,7 Ghz que va rebotando de antena en antena hasta que llega a la central de tráfico más cercana. El archivo ya está en su casa, donde es despaquetizado (esta palabra es todavía peor) y descodificado, se trata la imagen (sombra aquí, sombra allá, maquíllate, maquíllate...), se lee la matrícula mediante un programa especial (lo cual se utiliza para buscar todo el expediente del incauto conductor) y aparece la imagen de don Juan García García en una pantalla de ordenador de 27 pulgadas, mientras el archivo, otra vez codificado y paquetizado con todos los datos necesarios se envía a una impresora de inyección de tinta a color (en la que el cartucho cian empieza a estar en las últimas), donde se vuelve a descodificar y despaquetizar la información en formato analógico tipo papel DIN A4 de 80 g/m2 (por supuesto que reciclado, que en tráfico son muy ecológicos). La descodificación analógica en papel cae a una bandeja y se almacena ahí hasta que diez días después, el encargado de revisar la información realiza una sinapsis y concluye que el montón de papel empieza a ser escandalosamente grande y tendrá que trabajar algo, no sea que le caiga una reprimenda del jefe cuando suba del carajillo pre-aperitivo de las 11:00 a.m. (hora de Pernambuco). Finalmente, el requerimiento de pago por incumplimiento de la normativa de seguridad viaria (sí, la jodía multa de tráfico), sale de la comisaría dentro de un sobre de franqueo pagado y certificado en un furgón de Correos hasta la estafeta, donde la carta se clasifica con una máquinas (también muy listas porque son capaces de leer incluso la letra de los médicos) hasta que acaba cayendo en la saca correcta, saca que pertenece al cartero que se acaba dando de bruces con don Juan García García el día en el que hubo un apagón eléctrico por la noche.

Aunque lo más gracioso del caso, es que el día en que don Juan García García llegaba tarde al trabajo porque se había ido la luz, el cabreo que sentía en su interior por recibir un requerimiento de pago por incumplimiento de la normativa de seguridad viaria lo incapacitó para detectar una pequeña corriente neuronal que se le escapaba del cerebro en dirección a la pierna derecha, justo en el momento en el que se acercaba al punto kilométrico 314+159 de la famosa C3PO, creándole la cuarta desgracia del día (o la quinta, si se considera una desgracia no desayunar con café caliente). Y eso que aún no eran ni las 9 de la mañana. El amigo Murphy le iba a hacer que el día fuera muy largo.

Nota del Autor: Dadas la numerosas inexactitudes (eufemismo de errores) que se incluyen este texto, con la única excusa válida de la licencia artística (excusa pobre, todo sea dicho), quisiera pedir perdón a los siguientes colectivos y personas: A los médicos, a las médicas, a las enfermeras, a los enfermeros, a los ingenieros, a las ingenieras, a los físicos, a las físicas (en caso de que existan), al Sr. Doppler, al Sr. Fizeau, a la DGT, a los informáticos, a las informáticas (sí, alguna hay…), a la Guardia Civil, a los Mossos, a las Mosses, al Honorable Conseller d’Interior Felip Puig, a George Lucas, a los habitantes de Palencia, y por supuesto a los de Oregón, a Correos, al punto kilométrico, a la compañía eléctrica, al inventor del Gin Tonic (qué Dios lo guarde en su gloria), a los meteorólogos y meteorólogas, al RACC, a los vecinos y vecinas de don Juan García García, al gasolinero, a la pituitaria, a la tía sin nombre de la fantástica mañana, a la gasolina Súper 98 EcoGuayQueLoFlipas, al Sr. Murphy y a todos aquellos que pudieran llegar a sentirse incómodos con las inexactitudes del texto, con la única excepción a los inventores del reggaetón.

Jordi Barrachina. Marzo de 2011

viernes, 18 de febrero de 2011

La danza blanca y el cielo negro

Hola a todos!:) Gracias a las instrucciones he logrado llegar a esta pantalla donde me dispongo a poner mi primera entrada. Cómo el relato de subperspectiva aún está en construcción cuelgo un texto que tengo por aquí y que escribí la semana pasada. Espero que lo disfruteis. Ánimo con los relatos y que nos atraviese la uña de ningún muerto!

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La danza blanca y el cielo negro

Observaba, con los dientes afilados y ávidos, la nocturnidad de la calle: El silencio, la luz blanca de las farolas y el dibujo rugoso de los árboles deformes. La intimidad que se filtraba por las ventanas de los edificios, desbordaba su calidez hasta tocar con mi cuerpo que era, por esas horas, nada más que un frío espectro.
Hervía la sangre mis ojos  de insecto. Yo era un extraño ser de piel dura, impermeable a la condensación de los espejos de los baños, al irritante y preciso timbre de los despertadores, al ritmo de las conversaciones banales o a la melodía de cualquier acto cotidiano. La calidez de lo que sucedía allí arriba hacía aún más sórdido el espectáculo que estaba a punto de comenzar abajo.
Trigo me miraba con sus ojos opacos y negros sentado sobre la acera. Interrumpiendo el habitual camino de vuelta a casa, lo había atado a una farola y me había quedado a su lado de pié, inmóvil. Al principio había arrugado varias veces el dorado pelo de encima de los ojos en señal de desconcierto, pero este gesto pronto se había disuelto en un lánguido bostezo. Curiosas almas las de los perros, pensé. Mientras Trigo, probablemente no pensaba nada.
 La densidad metálica de aquel instante no pesaba sobre su mirada hueca. Sin embargo, ahora  había avanzado lentamente dos pasos hacia la carretera, y la euforia me recorría como una ducha de hilos fríos y afilados. Ahora me sentía como un imán hacia en cual apuntaban todas las cosas, e incluso Trigo me observaba fijamente.
Desaté el placer anudado en los cordones de mis zapatillas de deporte, que cayeron blandamente. Después arrojé con ímpetu los tenis hacia atrás y contagiándome de esa energía me desprendí también de los calcetines.
Mis pies desnudos se me hacían extraños. Delicados fantasmas, sensibles y blancos sobre el asfalto oscuro y grasiento. La carretera se extendía bajo mis pies, como una gran masa negra recalentada,  barnizada por la humedad de la brisa nocturna.
Mis pasos se deleitaban por el terreno peligroso, cada vez más rápidos pero sin perder el tono, sin perder un milímetro de la atención en cada uno. Era mi danza blanca en la noche, a cada paso mis pies besaban el turbio suelo - manchándose de la amalgama pringosa de mugre, aceite de coche y petróleo derretido- empapándose de la ciudad misma.
Mi blanco cuerpo se desfiguraba en aquel sórdido baile agitando mi espíritu como luchando por romper la negra piedra que pesaba dentro.  Los golpes de la piedra en mi pálido cuerpo y la imagen de Trigo, con su ingenua alma animal, alzando su cabeza sobre la ciudad inerte, me hicieron sentir por un momento, el equilibrio de todas las cosas.

Celia Espona Pernas

miércoles, 9 de febrero de 2011

Entra el hombre de Arena

- ...Tuyo es, mío no.
Y con el final del “Jesusito de mi vida” ha empezado la noche de Jack.

Ya ha rezado por todos. Por Mamá, por Papá y por lo abuelitos. Hasta ha rezado por Socks, su perro, aunque estuvo pensado hasta el último momento si se lo merece, porque por la mañana había mordido su coche de juguete favorito, dejando la marca de un colmillo justo en el centro del capó. Pero Socks es su mejor amigo. Así que al final también ha rezado por él.

Mamá se agacha para besarle la frente, como hace todas las noches, para luego arroparle con el nórdico y taparle hasta el cuello. Afuera hacía frío. Más de lo normal. El invierno está siendo muy duro este año. Pero no es por frío por lo que Jack está tiritando. Y tampoco es por frío por lo que no quiere tener ninguna parte de su cuerpo fuera de la protección ofrecida por la manta. Nota algo. No sabe qué. Sólo sabe que tiene miedo. Y eso le hace tiritar.

Mamá lo ve. Le pone la mano en la pequeña frente para comprobar si tiene fiebre. - No. Sólo es que las sábanas están frías. – piensa para sí misma. Se da la vuelta en dirección a la puerta, haciendo una pequeña pausa a mitad de camino para accionar el cuadro de mando que controla la temperatura de la habitación, para darle un poquito más de calor a la heladora noche.

- Buenas noches Jack. Qué sueñes con bonitos muñecos de nieve.- le dice mamá con voz suave mientras cierra la puerta y apaga la luz. Aunque justo antes de que la cierre del todo vuelve a meter la cabeza en la habitación. – Y recuerda que el hombre de arena no existe...

La puerta se cierra con un gruñido de los goznes. La luz se va. Llega la noche.

Al principio la oscuridad es total, pero las pupilas de Jack se van dilatando lo suficiente para adaptarse a la nueva situación. Poco a poco empieza a ver de nuevo. Por la ventana entra, aunque muy amortiguada por la persiana a medio bajar y las cortinas, la luz azulada de la Luna. No es ni lo suficientemente intensa como para iluminar su habitación, ni lo suficientemente escasa como para dejarla totalmente a oscuras. Es esa penumbra que engaña a los sentidos, que magnifica las sombras, que altera la forma de los objetos, pero que a cambio de manipular la realidad, nos permite ver cosas que no son de este mundo. La lástima es que esta nueva visión no le ofrece a Jack más seguridad. Al contrario. Lo asusta aún muchísimo más. Él sigue bocarriba, con todo su cuerpo metido bajo el nórdico con el estampado de Buzz Lightyear, con la única excepción de la cabeza. Está tal como lo ha dejado mamá. Inmóvil. Con los brazos cruzados sobre su pecho, no vaya a ser que uno de ellos caiga por el lateral de la cama y le dé la oportunidad a la bestia que seguro hay debajo de su cama, de cogerlo y arrastrarlo al mundo infecto donde quiera que viviera esa criatura inmunda.

De repente un crujido en el suelo. Un ruido muy bajito, pero que se escucha con toda claridad en el silencio de la habitación. Papá le ha explicado muchas veces que las casas de madera crujen, algo del frío y del calor que no acaba de entender muy bien, y que es normal. Pero en ese momento Jack es incapaz de recordarlo, y de hecho, no es el típico crujido. Se parece a unos pasos sobre el suelo de la habitación. Como un resorte da una vuelta sobre su eje, quedando bocabajo, aplasta la cara contra la almohada buscando una falsa seguridad. Unos segundos después, o minutos, u horas, Jack no sabe cuánto tiempo ha pasado en esa posición, con los sentidos a mil por hora por si nota algo, se da la vuelta. Poco a poco. Con sólo un ojo abierto, intentado mirar de refilón para saber si hay algo, o peor, alguien, que se lo pueda llevar a esa tierra de “nunca jamás”, mientras el otro ojo continua cerrado, porque en realidad no quiere ver lo que le puede venir encima. Instintivamente, en su giro arrastra a la almohada y la rodea totalmente con sus pequeños brazos, con tal fuerza que hace que el cojín ocupe la mitad de su volumen natural. Y ahí se queda. Con un ojo abierto y otro cerrado. Atento a cada sombra, a cada ruido, a cada movimiento del aire, pensando en horribles criaturas que muerden, vuelan y escupen fuego por la boca. Por la cabeza le cruza la idea de salir corriendo y llegar hasta la habitación de Papá y Mamá, asumiendo el riesgo de que se enfaden con él porque le hayan dicho mil veces que es mayor y que ya tiene que dormir solo. En ese momento está dispuesto a aceptar mil broncas de los papás, pero a lo que no está dispuesto es a abandonar la protección de Buzz y de la almohada. Por lo que se queda ahí. Esperando a que pase algo.

Vuelven a pasar segundos, minutos u horas. La percepción del paso del tiempo hace rato que ha desaparecido. Y sigue ahí, sin oír nada, ni ver nada, ni sentir nada. En un acto de fortaleza extrema, abre los dos ojos, para comprobar que no hay nada ni nadie, intentar tranquilizarse un poco y procurar dormirse. Y en ese momento, al mirar a la otra punta de la habitación, lo ve. La puerta del armario esté abierta. Jack no la recuerda abierta. Seguro que la dejó cerrada. Mamá no soporta que deje la puerta del armario abierta. Sólo puede pensar que hay algo dentro, o más bien, había algo, porque no ve que haya nada en el armario, aunque en realidad, la penumbra no le permite ver con claridad. Pero el hecho es que la puerta está incomprensiblemente abierta.

Se asusta aún más. Vuelve a empotrarse en la almohada. Cierra los ojos. Y empieza a entonar de nuevo el “Jesusito de mi vida” suplicándole a ese niño como él, que el tormento le dure poco.

Otra vez ese crujido del suelo. Más alto. Más cerca. Ya viene. No hay confusión posible; son pasos…

– Jesusito de mi vida, eres niño como yo...

A la mañana siguiente Mamá entra en la habitación, enciende la luz y se acerca a Jack, que tiene agarrada la almohada con todas sus fuerzas. Le da un beso en la frente, como todas las mañanas y acercándose al oído le dice: - Es hora de levantarse, mi pequeño guerrero.

Jack se despierta, se estira dentro del nórdico de Buzz Lightyear y se empieza a rascar los ojos con los puños cerrados. Son esas legañas que se le quedan enganchadas todas las mañanas en los párpados y que él cree que es “la tarjeta de visita” que le deja el hombre de arena, esa historia de miedo que alguien le ha explicado en el colegio. Pero cuando Mamá se da la vuelta para coger la ropa del día, se fija en que hay un reguero de arena que va desde el cabezal de la cama hasta el armario, que tiene la puerta incomprensiblemente abierta.

UPSS!!

Queridos amigos,
Díganme por favor si ahora es un relato :)
Adriana Gamba
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UPSS!!!


Mi hermana Cluny y yo hemos cargado buena parte de nuestra vida con el estigma de ser "conspirativas". Afortunadamente no pensamos así la una de la otra, por el contrario, nos apoyamos en la búsqueda de perspectivas reveladoras que nos lleven a la verdad, libres de toda atadura a lo políticamente correcto.


Recuerdo que de niña -en realidad el recuerdo es de Cluny, pero lo creo-, cuando emitían por televisión la llegada del hombre a la luna, Nieves, la señora que nos cuidaba, dijo con rabia: - "eso es mentira, se creen que soy idiota, es imposible llegar a la luna!!".

Claro que Nieves con su escepticismo paranoide no creía en nada, ni siquiera en las gracias. 


Años después, ese recuerdo encubierto (recuperado gracias a mi hermana!), encontró asidero en teorías bien documentadas que demostraban que el heroico alunizaje había sido filmado dentro de un estudio de televisión. Era razonable, había que ganarle a los rusos en el menor tiempo posible, porque otra hubiera sido la historia si ellos llegaban primero al mítico "queso".



En el 11S mi mente ya estaba mas entrenada y no tuve necesidad de confirmar puntos de vista con nadie, ni con Nieves, ni con Cluny, ni leyendo a los grandes analistas de turno. Estaba claro que se trataba de un autoatentado del que con suerte recién mis nietos podrían lograr obtener alguna evidencia.

Hoy Wikileaks renueva mis esperanzas de poner otras verdades sobre la mesa y de que de una buena vez comencemos a llamar a las cosas por su nombre: que al realista se le diga ingenuo, al pragmático, conformista, y que por fin al conspirativo se lo reivindique como realista. En todo caso, si se escribe de nuevo la historia, habrá que actualizar también el diccionario.



Pero no quiero apartarme del punto al que aún ni siquiera he llegado. Vamos a un país del primerísimo mundo, que está luchando a capa y espada contra la recesión europea, y que incluso parece que podría lograrlo. Sí, me refiero a Alemania.

El tema es que hace unos días me llama Cluny con una emoción extraña en su voz y me dice:

- ¿Sabés qué?... los niños alemanes se están quedando dormidos!!!

Después de sacudirme con la frase de impacto, ella, con su sapiencia médica, continuó explicándome:

- En Cientific Alerts, ya sabés que son muy serios, advierten que el consumo frecuente de un arroz marca Capsi provocaba en los niños "accesos irresistibles de sueño". El término técnico es narcolepsia. No importa lo que los chicos estén haciendo o dónde se encuentren, caen súbitamente como moscas.

No podía pararla ni preguntarle nada y sabía que ella seguiría ilustrándome:

- Aún no se sabe por qué el consumo de arroz no afecta a los adultos, pero el tema ya está en manos de la OMS, que ha prohibido la comercialización del producto, al menos con fines alimenticios.
No tengo que explicarte el impacto que implica algo así en la vida y economía de un país: los niños, alegría de nuestro presente y futuro de nuestra sociedad, completamente dormidos!!
! ... Hasta suena genial! Ni tele, ni videojuegos, ni comics, ni alcohol, ni drogas. No, nada de eso, sólo algo tan simple y económico como hacerlos dormir con un plato de arroz. 
¿Y qué pasa mientras ellos duermen?!

La pregunta me tomó de sorpresa, traté de pensar algo perspicaz, pero afortanudamente ella se adelantó con la respuesta:

- Que hay otros tantos que no lo hacen y toman ventaja, que hay menos gasto de energía, que se necesita menos seguridad en las calles, y fundamentalmente, que circulan menos ideas por la net, por sólo mencionar las cuestiones mas evidentes.



Hice un esfuerzo por imaginar otras "cuestiones menos evidentes", pero no se me ocurría nada -nada de nada-, así que seguí callada, sin que se notara en lo absoluto.

- La pregunta siguiente es:¿y por qué pasa esto en Alemania?!!

Esta vez no me sobresalté, sabía que Cluny me lo diría:

- Tengo varias respuestas: primero, porque hay que quitarle fuerza a la Merkel; segundo, porque la Merkel necesita silencio para trabajar; tercero, porque sencillamente alguien cometió un error logístico.

Todavía no podía terminar de procesar lo de "error logístico" -sonaba a juego de guerra-, cuando Cluny ya me remataba con su conclusión:

- Me quedo con la última opción. Fijate que si situamos en el mapa a los países que reciben desde hace décadas el arroz Capsi -Armenia, Azerbaiyán, Bangladesh, Bolivia, Burkina Faso, Cuba, Corea del Norte, El Salvador, Etiopía, Ghana, Namibia, Filipinas, Tayikistán, Togo, Ruanda, Kenia, Mongolia y Senegal-, se vuelve evidente que Alemania no pertenece al conjunto.



Es cierto, es muy atípico -pensé, porque por supuesto, no llegué a decirlo-. También pensé si ella se acordaría de memoria todos esos países, mientras Cluny disparaba:

- Claro!, hasta ahora a nadie le había llamado la atención que los niños del subdesarrollo vivieran como zombies, porque esto, como todo el mundo sabe, forma parte de su desafortunada naturaleza. Pero cuando esto sucede en Alemania, suena la alarma al instante, incluso antes de que el mundo esté preparado para construir una respuesta adecuada.

Pensalo -me dijo- y me dejó sola de mi lado de la línea, tratando de recordar qué arroz tenía en la alacena de casa.

Siempre me gustó la forma en que mi hermana dice lo que piensa y piensa lo que dice, pero me preguntaba si algo de esto podría ser cierto.

Días después, Cluny me hizo llegar el link de un reportaje que la BBC hacía a Jason Monroe, el magnate suizo de los alimentos. Sin decir agua va, el periodista le preguntó si sabía que el arroz Capsi había llegado a las góndolas alemanas?

Con la cara desencajada y buscando con el alma el botón eyector, Monroe sólo atinó a responder: Upss!!!


Adriana Gamba
Barcelona, 2 de febrero de 2011

lunes, 7 de febrero de 2011

Ámbar

Alice se ve reflejada en el espejo, pero es un espejo un tanto especial, es de ámbar, un ámbar que refleja cada una de las emociones que ha vivido, pequeñas motas que han quedado congeladas en el tiempo, cuando la resina cayó sobre esos sentimientos y las lágrimas la enfriaron. A veces, momentos felices, muchos más momentos tristes, hirientes, crueles, pero que, después del tiempo, solo quedan reflejados en las cicatrices que el ámbar guarda en su interior. Es un proceso que se repite una y otra vez. ¿Quién podía decirle a Alice que era tan duro crecer? Pero, sin saber cómo, el ámbar recubre esa herida abierta y la silencia con su suave dulzor. ¿No parece miel?

Alice descubre en su espejo de ámbar su yo más profundo, aquel que ha crecido, no a pesar de, sino a través de todos esos pequeños fósiles que descansan en su interior, y toca, entre emocionada y orgullosa, sus pendientes de ámbar, regalo de alguien muy especial para ella, mientras nuevas lagrimas resbalan por sus mejillas.

Marisa